Via Crucis

Vía Crucis

Oración Inicial

Padre eterno y misericordioso que conoces nuestra miseria y la remedias con tu Providencia amorosa, concédenos vivir en tu santa Voluntad que es la misma vida de tu Hijo, para que en el tiempo amemos lo que Tú amas y rechacemos lo que Tú rechazas. Y así, caminando y permaneciendo con tu Hijo y en tu Hijo por el Espíritu Santo, gocemos desde ya la Bienaventuranza del cielo. Madre Reina del Cielo introdúcenos en la Vida Eterna. Amén.

Primera Estación

“Nuestro Señor Jesucristo es condenado a muerte”

V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R/  Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Primera Estación

Señor, Tú eres condenado a muerte por ser la Verdad y proclamarla. Cuando contemplamos las terribles injusticias de las que fuiste víctima, nos indignamos.

Sin embargo, ¡¿Cuántas veces nosotros también te hemos condenado, porque hemos preferido la mentira y no hemos amado la verdad, hemos juzgado, murmurado de nuestros hermanos y hemos dictado sentencia, cuántas veces hemos, con nuestros gestos y palabras, herido y despreciado a otros?!

Sí, Señor, nosotros también te hemos condenado a muerte cuando no hemos amado la Verdad que Tú mismo nos has enseñado.

Perdónanos, Señor, y ayúdanos con tu gracia a permanecer en ella, aunque para esto tengamos que perder la vida; ayúdanos a rechazar los juicios y las murmuraciones que enturbian y dañan nuestro corazón, a defender al inocente, y a no ponernos de parte de aquel que con su palabras daña la buena fama y honra de los demás, a no acoger aquellas ideologías que desfiguran la Verdad del hombre, a no prestarnos para escuchar las críticas y blasfemias contra nuestra Santa Madre la Iglesia y sus ministros, a no ceder ante el error y la herejía que cada vez se difunde más en el mundo.

V/ Señor, ten piedad. R/ Cristo, ten piedad.

V/ María, Madre de la Eucaristía R/ Haz agradable a Jesús el alma mía.

*En cada Estación se reza un Ave María y un Gloria.

Segunda Estación

“Nuestro Señor Jesucristo carga con la cruz”

Nuestro Señor Jesucristo cargó la cruz por amor a ti y a mí, no la rechazó, al contrario la abrazó porque amaba la Voluntad de su Padre. Y tú ¿abrazas esa cruz, sin la cual Jesús nos dice no podemos seguirle? o la desprecías cada vez que sientes su peso, la quieres dejar en el camino o pides a gritos otra? Señor, perdónanos por las veces en que hemos rechazado tu Voluntad y nos hemos quejado, no siendo agradecidos con la ubicación que nos has dado: como hombre o mujer, como casado, soltero o consagrado, la familia y el lugar en que hemos nacido. Perdónanos por no amar y ver con ojos de fe la cruz que Tú mismo nos ofreces en cada situación de nuestra vida, la enfermedad o la salud, la muerte o la vida, la riqueza o la pobreza. Te suplicamos, Señor, hoy, como también te lo imploraban tus apóstoles: «Auméntanos la Fe».

Tercera Estación

“Nuestro Señor Jesucristo cae por primera vez”

El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino?

Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz, aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida.

En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de Él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

Cuarta Estación

“Nuestro Señor Jesucristo se encuentra con su Santísima Madre”

«En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella Es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón.

Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo… Será grande…, el Señor Dios le dará el trono de David su padre” (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: “y a ti, una espada te traspasará el alma” (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: “Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero” (Is 53, 7). Ahora se hace realidad.

En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: “No temas, María” (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, Ella no. Está allí, con el valor de la Madre, con la fidelidad de la Madre, con la bondad de la Madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: “Bendita Tú que has creído” (Lc 1, 45). “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos».

Quinta Estación

“El Cirineo ayuda a llevar la cruz de Nuestro Señor Jesucristo”

«Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz.

¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21).

Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le ha llegado al corazón. Jesús, cuyo Amor Divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24).

Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo».

Sexta Estación

“La Verónica enjuga el Rostro de Nuestro Señor Jesucristo”

«“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. “Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña, porque verán a Dios” (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor.

Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo».

Séptima Estación

“Nuestro Señor Jesucristo cae por segunda vez”

«La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán

–en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia formas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre.

El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; Él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos».

Octava Estación

“Nuestro Señor Jesucristo consuela a las mujeres de Jerusalén”

«Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por Él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También Él nos dice: “No lloréis por Mí; llorad más bien por vosotros… porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?”».

Décima Estación

“Nuestro Señor Jesucristo es despojado de sus vestiduras”

«Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió “según las Escrituras”.

Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve Él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero Sumo Sacerdote».

Novena Estación

“Nuestro Señor Jesucristo cae por tercera vez”

«¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del Sacramento de su Presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él!

¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el Sacramento de la Reconciliación, en el cual Él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su Pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25)».

Decimoprimera Estación

“Nuestro Señor Jesucristo es crucificado”

«Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: “Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo” (Sal 21, 27). “Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado… Y con todo eran nuestros sufrimientos los que Él llevaba y nuestros dolores los que soportaba” (Is 53, 3 ss).

Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la Cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la Cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la Cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a Él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda».

Decimoprimera Estación

Decimosegunda Estación

“Nuestro Señor Jesucristo muere en la cruz”

Jesús muere realmente porque es verdadero hombre. Entrega al Padre su último aliento. ¡Qué precioso es el aliento! Al primer hombre se le dio el aliento de vida, y a nosotros se nos da de un modo nuevo en la resurrección de Jesús, para que seamos capaces de ofrecer cada aliento a su Dador. ¡Cuánto tememos a la muerte y qué esclavos somos de este temor! El sentido y el valor de una vida se deciden en el modo de entregarla. Incluso el hombre sin fe no debe aferrarse a la vida perdiendo su sentido. Para Jesús, además, no hay amor más grande que dar la vida por el amigo. Quien esté apegado a la vida la perderá. Quien esté dispuesto a sacrificarla la conservará. Los mártires dan el mayor testimonio de su amor. No se avergüenzan de su Maestro ante los hombres. El Maestro estará orgulloso de ellos ante toda la humanidad en el último día.

*En esta Estación se omite el Ave María y el Gloria y se reza la Coronilla de la Divina Misericordia.

Decimotercera Estación

“Nuestro Señor Jesucristo es bajado de la Cruz y puesto en brazos de su Santísima Madre”

«Jesús está muerto, de su Corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del Corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A Él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero Cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46).

Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, Él no está solo. Están los fieles. Al pie de la Cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que Él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El Sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse».

 

Decimocuarta Estación

“El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo es colocado en el sepulcro”

«Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a Sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual “por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos […] el buen olor de Cristo” (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la Palabra de Jesús: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto” (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: Él es el Pan de Vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es Carne y también Pan para nosotros, a través de la Cruz y la Resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía». 

Oración Final

Dios y Padre Nuestro, que por el misterio de la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de tu Hijo, nos has abierto las puertas del Paraíso y no contento con ello nos preparas morada en tu seno, te rogamos, nos concedas, por la guarda de tus mandatos, permanecer en tu Voluntad amorosa y salvífica que es Camino, Verdad y Vida y así rechacemos al tentador y sus seducciones. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.