Corpus Christi

Solemnidad del Corpus Christi

Se acerca la solemnidad del Corpus Christi o Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.(Domingo después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad) antes llamada Corpus Domini («Cuerpo del Señor»), es una fiesta de toda la Iglesia destinada a celebrar el misterio de la Eucaristía.

Como preparación a esta solemnidad te invitamos al Triduo Eucarístico, que realizaremos los días Jueves, Viernes y Sábado frente a Jesús Sacramentado, meditando con especial fervor y devoción sobre este Misterio.

Únete a nosotros estos días a las 19:00 h; por este motivo las transmisiones del Rezo del santo rosario en vivo quedarán suspendidas. Retornaremos a ellas el día lunes 15 de junio.


¡Si quieres CONOCER MÁS sobre esta solemnidad, sigue leyendo y atrevete a enamorarte cada día más de Él!

Esta fiesta fue extendida a toda la iglesia por el papa Urbano IV movido por el prodigio del milagro de Bolsena, y a petición de varios obispos, por medio de la bula «Transiturus» del 8 septiembre del año 1264, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.

Luego, según algunos biógrafos, el Papa Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.


Ejemplo:

Hermann Cohen nace en Hamburgo, Alemania, el año 1820. Su familia, de origen hebreo, lo educa en su fe y favorece la formación musical del niño, quien con doce años daba ya conciertos.

De agradable presencia y las ya mencionadas extraordinarias dotes para la música, Puzzi -como le apodaban-, era considerado como un prodigio desde muy temprana edad, por lo cual su madre se apresuró a ponerle bajo la instrucción de uno de los mejores maestros de la época: Franz Liszt, de quien fue discípulo y amigo por muchos años. Por su gran habilidad llegó a ser pianista, maestro de piano y compositor, conocedor de varios idiomas, como el italiano, el francés y el español, que le servirían providencialmente en su misión más adelante.

Desde su primera adolescencia, entabló trato con personajes brillantes y famosos de la época; en razón de ello, frecuentó ambientes frívolos y especialmente anticatólicos

en los que se sumergió, llenando su corazón de vanidad y desprecio por los signos sagrados. Deleitaba las principales ciudades europeas con sus conciertos, lo cual significó el acrecentamiento de la fama del joven pianista, y al mismo tiempo, grandes ingresos económicos; empero, tan fácil como ganaba el dinero con sus conciertos, lo perdía por el juego… Sus biógrafos coinciden en que Hermann “conoció todos los vicios”.

Llegado 1847, es ya un exitoso maestro de piano, conocido en todo el continente y ensalzado por su talento. En tal cumbre de fama, lejos de su mente imaginarse que, en la primera mitad de aquel año, Dios saldría a su encuentro y su vida, hasta ahora sombría e incapaz de trascender, daría un giro total hacia la luz maravillosa del conocimiento de Cristo Jesús nuestro Señor…

Sucedió que, en el mes de mayo hallándose en París, un amigo suyo le pidió que dirigiera el coro de la iglesia de Santa Valeria. En atención al pedido, a pesar de no sentir atractivo alguno sino por el arte musical, Hermann acudió. Mas, finalizando la bendición con el Santísimo Sacramento, sintió «una extraña emoción, como remordimientos de tomar parte en la bendición, en la cual carecía absolutamente de derechos para estar comprendido»; con tal intensidad vivió aquel momento, que sólo pudo describir como «un alivio desconocido».

La luz de Jesús Sacramentado entraba como un rayo, cautivando su alma de manera que, cada viernes de aquel mes de mayo, no podía faltar a la Iglesia e incluso, finalizadas las actividades musicales preparadas para honrar a la Santísima Virgen en su mes, Hermann continuó, domingo a domingo asistiendo a la Santa Misa.

Una gran sed se había apoderado de su alma, por lo que, al retornar a la casa de uno de sus amigos, donde se alojaba, se dirigió ansioso a la biblioteca de donde tomó un devocionario, con el que aprendió sus primeros rudimentos de la doctrina cristiana.

Poco a poco, su familia y todos los que antes le aplaudían -incluido el anfitrión que le hospedaba -, se fueron volviendo en su contra, ya abandonándole, ya burlándose de su nueva conducta. No comprendían el fuerte cambio de Hermann en tan poco tiempo. Por su parte, nuestro personaje ejemplar, sin demora, lejos de dejarse amedrentar por los desprecios de aquellas gentes, acudió al sacerdote del lugar, Padre Legrand, que optó por presentarle al obispo; ambos fueron de gran ayuda para él mientras estuvo allí. Partió luego para su país natal, donde había de dar un concierto, con el compromiso de retornar a París para continuar con su catequesis de iniciación cristiana.

Apenas hubo llegado a Alemania, localizó la parroquia del lugar y asistió a la Sagrada Eucaristía. Así nos lo narra:

«Allí, poco a poco, los cánticos, las oraciones, la presencia -invisible, y sin embargo sentida por mí- de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme, a turbarme, a hacerme temblar. En una palabra, la gracia divina se complacía en derramarse sobre mí con toda su fuerza. En el acto de la elevación, a través de mis párpados, sentí de pronto brotar un diluvio de lágrimas que no cesaban de correr a lo largo de mis mejillas… ¡Oh momento por siempre jamás memorable para la salud de mi alma!

Te tengo ahí, presente en la mente, con todas las sensaciones celestiales que me trajiste de lo Alto… Invoco con ardor al Dios todopoderoso y misericordiosísimo, a fin de que el dulce recuerdo de tu belleza quede eternamente grabado en mi corazón, con los estigmas imborrables de una fe a toda prueba y de un agradecimiento a la medida del inmenso favor de que se ha dignado colmarme… Al salir de esta iglesia de Ems, era ya cristiano. Sí, tan cristiano como es posible serlo cuando no se ha recibido aún el santo bautismo…»

El Señor concedió a su siervo una iluminación de conciencia tan profunda que, viendo ante sus ojos sus ofensas al Divino Amor desde su infancia, deseó confesar contrito sus faltas y lanzarse al abismo de la confianza en Él, sintiendo

“el bálsamo consolador, que el Dios de misericordia me las perdonaría, que desviaría de mis crímenes la mirada, que tendría piedad de mi sincera contrición y de mi amargo dolor… Sí, sentí que me concedía su gracia y que al perdonarme aceptaba en expiación la firme resolución que hacía de amarlo sobre todas las cosas y desde entonces convertirme a Él”.

Terminada la preparación, la noche antes de recibir el bautismo, es asaltado en sueños por la vehemente tentación de retornar a su antiguo andar, con el éxito y la fama que ello implicaba; escribiría después:

“jadeante, me tiro fuera de la cama, me arrojo a los pies del crucifijo, y allí, los ojos arrasados en lágrimas, imploro el socorro misericordioso del Todopoderoso, la asistencia de la Santísima y purísima Virgen María. En seguida la tentación huye”.

La tarde siguiente, el 28 de agosto, libre de aquel estupor, es bautizado; entonces, se encontró “sumido en un éxtasis de amor..,” allí recibió el nombre de Agustín María. Posteriormente le es administrada también la Confirmación, sintiéndose morir en su interior, por el ansia de recibir a su amadísimo Señor en la Santa Comunión:

«¡Oh, Jesús! ¡oh, Eucaristía, que en el desierto de esta vida me apareciste un día, que me revelaste la luz, la belleza y grandeza que posees! Cambiaste enteramente mi ser, supiste vencer en un instante a todos mis enemigos… Luego, atrayéndome con irresistible encanto, has despertado en mi alma un hambre devoradora por el Pan de vida y en mi corazón has encendido una sed abrasadora por tu Sangre divina…»

Hermann se dedica a poner en orden su vida anterior.

Salda las deudas contraídas en el juego tiempo atrás, dando cuantos conciertos puede y queda libre de ataduras “de honor”, Entretanto, gustaba profundamente de frecuentar lugares donde se exponía el Santísimo Sacramento, pasando largas horas adorando a Cristo en el Altar. En una ocasión, observó que unas mujeres, cuando él se iba del templo, seguían durante toda la noche en adoración. Lo comenta, pues quiere hacer lo mismo, pero con varones. Consiguiendo varios compañeros, fundan la Sociedad del Santísimo Sacramento, es el año 1848, con una finalidad: Adorar a Jesús Eucaristía durante la noche.

Había hecho voto de consagrarse al Señor como sacerdote, y en 1849 ingresa en el Carmelo. Recibe el hábito, tomando el nombre de Agustín María del Santísimo Sacramento. Dedicó su vida a la expansión de la Adoración Nocturna y a difundir la devoción al Santísimo Sacramento, así como la fundación de conventos carmelitas; revelaba, además: “He hecho voto de hacer todo lo humanamente posible para la conversión de los judíos”.

Su conocimiento de la música le llevó a realizar numerosas composiciones religiosas -algunas de las cuales aún se conservan-, cargadas de amor a Jesús Sacramentado y a la Gloria de su Santísima Madre.

Entre sus virtudes más sobresalientes, fundamentadas todas en la oración, cabe resaltar la humildad, sencillez y prudencia que hicieron de Cohen un novicio modelo entre sus hermanos, y, sobre todo, un auténtico adorador en espíritu y verdad de Cristo Eucaristía.

Ordenado sacerdote, no dejó apagar el fervor inicial de su conversión, al contrario, lo alimentaba con intenso detalle de amor y reparación al Divino Sacramento; así lo atestiguan sus escritos, cargados de ardientes loas hacia Él:

«Jesús, adorado por mí, que me has conducido a la soledad para hablarme al corazón; por mí, cuyos días y noches se deslizan felizmente en medio de las celestiales conversaciones de tu Presencia adorable, entre los recuerdos de la comunión de hoy y las esperanzas de la comunión de mañana… Yo beso con entusiasmo las paredes de mi celda querida, en la que nada me distrae de mi único pensamiento, en la que no respiro sino para amar tu divino Sacramento…

¡Que vengan, que vengan los que me han conocido en otro tiempo, y que menosprecian a un Dios muerto de amor por ellos!… Que vengan, Jesús mío, y sabrán si Tú puedes cambiar los corazones. Sí, mundanos, yo os lo digo, de rodillas ante este amor despreciado: si ya no me veis esforzarme sobre vuestras mullidas alfombras para mendigar aplausos y solicitar vanos honores, es porque he hallado la gloria en el humilde tabernáculo de Jesús -Hostia, de Jesús-Dios.

Si ya no me veis jugar a una carta el patrimonio de una familia entera, o correr sin aliento para adquirir oro, es porque he hallado la riqueza, el tesoro inagotable en el cáliz de amor que guarda a Jesús-Hostia…»

Día tras día, al celebrar la Sagrada Eucaristía, el corazón de este siervo de Dios hallaba todo su deleite, su descanso y esperanza. No había para él sentimiento o emoción que asemejase al que experimentaba al comulgar el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, o al trasladarlo…

Llegados los tiempos de guerra entre Francia y Prusia, el Padre Agustín María debe abandonar Francia y se le envía a Suiza, encargándosele la atención de los prisioneros franceses en Prusia. En 1862, el beato Papa Pío IX le envía a Londres, donde fundará, en una humilde casita que le ceden, el primer Carmelo. La Adoración nocturna se extiende por las islas. Vuelve a Francia, donde ejerce de manera extensa el ministerio de la predicación, sin que faltase nunca la mención de la Santísima Eucaristía y la invitación a adorarle con todo el corazón.

Más adelante es destinado a Berlín, a la cárcel de Spandau, donde dirige alentadores sermones a los prisioneros franceses, instándoles a ofrecer a Dios tanta penalidad. Es aquí donde, consumando su entrega en aquella promesa de amor total que hiciese al Señor, y que selló con sus votos religiosos, contrae la viruela, falleciendo el 20 de enero de 1871. Había también logrado que varios miembros de su familia se convirtiesen al cristianismo.

Su causa de beatificación se halla en proceso.

«Sí, ¡amo a Jesús, amo a la Eucaristía! ¡Oídlo, ecos; repetidlo a coro, montañas y valles! Decidlo otra vez conmigo: ¡Amo a la Eucaristía! Jesús hoy es Jesús conmigo»