7 de Julio: San Fermín, Obispo y Mártir (272 – 303)

Según la tradición, nació en Pamplona (España), alrededor del año 272. Era hijo del senador pagano llamado Firmo y su noble esposa Eugenia. La predicación de san Honesto conmovió a sus padres, quienes, sin embargo, no se convirtieron hasta oír a san Saturnino de Tolosa, quien posteriormente bautizó a san Fermín y a sus padres. Bajo la tutela de san Honesto, el joven aprendió la religión y el arte de la evangelización. A los 18 años fue enviado a Tolosa, donde sería ordenado sacerdote. Predicó en Navarra, fructificando incluso en vocaciones sacerdotales. Marchó a la Galia (actual Francia), donde, después de organizar la Iglesia local y de convertir a muchos paganos, fue consagrado obispo a los 24 años. La oposición oficial a la doctrina cristiana le granjeó la cárcel, y allí, tras negarse a dejar de evangelizar, fue decapitado el 25 de septiembre del año 303. En 1186, el obispo Pedro de París, llevó de Amiens a Pamplona una reliquia de la cabeza del santo.

6 de Julio: Santa María Goretti, virgen y mártir (1890 – 1902)

Nació en Corinaldo (Italia) en 1890, hija de humildes campesinos. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen María. Perdió a su padre a los diez años, por lo cual su madre hubo de trabajar, dejándole el cuidado de la casa y de sus hermanos.  Era muy piadosa y asidua en la oración, realizaba sus obligaciones con alegría y asistía todos los domingos a la Eucaristía. En su primera comunión, hizo el firme propósito de morir antes que cometer un pecado. Un año más tarde, un trabajador cercano: Alejandro Serenelli, se enamoró de ella, y el 5 de julio de 1902, hallándola sola en su casa, intentó violentarla, pero María se resistió; entonces el joven, atacándola con un punzón, le ocasionó catorce heridas graves. María no murió inmediatamente, fue trasladada al hospital, alcanzó a recibir la comunión y la unción de los enfermos e hizo público su perdón a su agresor antes de morir. Serenelli no se había arrepentido, hasta que, tiempo después, soñó que la santa niña le decía que aún podía ir al cielo, así se convirtió. Fue canonizada el 24 de junio de 1950.

 

5 de Julio: San Antonio María Zaccaría, Presbítero (1502 – 1539)

Nació en Cremona, Italia, en 1502. Quedó huérfano de padre con 2 años y su madre se dedicó a su educación. Desde niño mostraba gran amor por los pobres, repartiendo sus bienes entre los más necesitados. Estudió medicina en Padua, graduándose a los 22 años y disponiendo totalmente su profesión en favor de los más necesitados. Cuatro años más tarde es ordenado sacerdote, ejerciendo ya no sólo como médico del cuerpo sino también del alma. Fundó la comunidad de las “Hermanas Angelicales de San Pablo” junto a la hermana Luisa Torelli. También fundó la “Sociedad de Clérigos de San Pablo” llamados Barnabitas, que se dedicaban a predicar el Evangelio y la pureza de costumbres, propagar el amor a Jesús Eucaristía especialmente en las llamadas “Cuarenta Horas”. Tenía gran devoción a la pasión y muerte de Cristo y a meditar en las cartas de San Pablo que le emocionaban e inspiraban sus prédicas. A sus 37 años, cuando iba en una misión de paz, se sintió mal y fue a casa de su madre. Allí murió en sus brazos el 5 de julio de 1539.

4 de Julio: Santa Isabel de Portugal, Reina (1271 – 1336)

Nació en 1271, hija del rey Pedro III de Aragón (España), fue llamada Isabel en honor a su tía santa Isabel de Hungría. De pequeña aprendió la frase: Tanta mayor libertad de espíritu tendrás, cuanto menos deseo de cosas inútiles o dañosas tengas”, y llevaba una vida de oración y mortificación. A los 12 años fue dada en matrimonio rey Dionisio de Portugal, del que tuvo dos hijos. Era éste un hombre violento e infiel, pero ella lo trataba con bondad, rezando y sacrificándose por su salvación. El rey la admiraba y permitía su vida de oración y piedad. Santa Isabel construyó albergues, hospitales, escuelas gratuitas y casas para mujeres y niños. Además, fue forjadora de paz en medio de los conflictos entre su hijo y su yerno, implorando al Señor por su reconciliación. Con sus súplicas obtuvo también la conversión de su esposo, y, al enviudar, no dudó en repartir su hacienda prontamente, recibiendo luego el hábito de terciaria franciscana y dedicándose a la adoración Eucarística. Murió invocando a la Virgen Santísima, el 4 de julio de 1336.

3 de Julio: Santo Tomás, Apóstol (S.I)

Tomás es conocido entre los demás apóstoles por su incredulidad, que se desvaneció en presencia de Cristo resucitado; fue él quien proclamó la fe pascual de la Iglesia con estas palabras: “¡Señor mío y Dios mío!”. Este santo, cuyo nombre deriva de una raíz hebrea, “ta’am”, que significa “mellizo”, es elegido directamente por Jesús y mencionado en los Evangelios y en el libro de los Hechos de los apóstoles. San Juan, sobre todo, nos ofrece en su Evangelio algunos rasgos significativos de su personalidad. Cuando los apóstoles salieron por el mundo a predicar la Buena Nueva, santo Tomás dio elocuente y convencido testimonio de Jesucristo nuestro Dios y Señor. Según una antigua tradición, evangelizó primero Siria y Persia, y luego se dirigió hasta la India, llegando por último a Indochina, donde recibió la palma del martirio. Desde el siglo VI se celebra el día 3 de julio el traslado de su cuerpo a Edesa.

2 de Julio: San Bernardino Realino, Presbítero (1530 – 1616)

Nació en 1530 en Carpi, ducado de Módena, Italia. Tuvo una juventud bastante alegre. Era un distinguido estudiante que sabía equilibrar los estudios y la lectura de los humanistas. Tras haber comenzado la carrera de leyes, ingresó en la Compañía de Jesús a los treinta y cuatro años de edad. Fue recibido en Nápoles por el Padre Alonso Salmerón, uno de los primeros compañeros de san Ignacio. El Padre Realino trabajó diez años en Nápoles, donde confesó prácticamente a toda la ciudad, dirigió la Congregación Mariana y vivó entregado a su ministerio: predicando, catequizando y atendiendo a los enfermos, a los pobres y a los prisioneros. Después pasó al colegio de Lecce de Apulia, del que fue rector y en el que murió a los 86 años de edad, en 1616. Su celo generoso y su fervor apostólico le ganaron la veneración del pueblo. Seis años antes de morir, san Bernardino se hizo dos heridas incurables en una caída. Durante su última enfermedad, en vista de la veneración que el pueblo profesaba al santo, se guardó la sangre de las heridas en frascos. En unos, la sangre se conservó en estado líquido durante más de un siglo; en otros, solía burbujear y aumentaba de volumen; según afirman los testigos, la sangre de uno de los frascos «hervía» en la fecha del aniversario de la muerte del santo.

1 de Julio: San Atilano Cruz Alvarado, Presbítero y Mártir (1901 – 1928)

Nació el 5 de octubre de 1901, en la Diócesis de Aguascalientes (México), de ascendencia indígena y costumbres cristianas. Cuidaba el ganado hasta que sus padres lo enviaron a Teocaltiche, para aprender a leer y escribir. En 1918 ingresó en el seminario. Fue ordenado sacerdote, cuando esto se consideraba como el mayor crimen que podía cometer un mexicano, en julio de 1927, bajo el cielo azul de Jalisco, donde se escondía el Seminario y el Arzobispo. Once meses después, este pacífico y gozoso presbítero, fue llamado por su párroco, san Justino Orona, encaminándose obediente hacia el rancho “Las Cruces”. Al amanecer del día siguiente, las fuerzas militares y la autoridad civil irrumpieron en aquel lugar y acribillaron al padre Justino. San Atilano, al oír que asesinaban a su párroco, se arrodilló en espera de su sacrificio, el cual fue consumado, dando testimonio de fidelidad a Aquel que le había llamado desde toda eternidad al ministerio sacerdotal, el 1 de julio de 1928. Poco antes había escrito: «Nuestro Señor Jesucristo nos invita a acompañarle en su pasión».

30 de Junio: Los santos Protomártires de la Iglesia de Roma (S.I)

Durante la primera persecución contra la Iglesia, desencadenada por el emperador Nerón, después del incendio de la ciudad en el año 64, muchos cristianos sufrieron la muerte en medio de atroces tormentos. El incendio en cuestión fue provocado por el mismo emperador, que culpó de ello a los cristianos. Este hecho está atestiguado por el escritor pagano Tácito y por Clemente, obispo de Roma, en su carta a los Corintios (cap. 5-6). El pueblo romano, que hasta entonces había sido tolerante respecto a las creencias religiosas de sus ciudadanos, era entonces incitado al odio por Nerón. Los primeros cristianos fueron tomados como esclavos, sometidos a torturas y obligados a combatir entre ellos y contra animales a modo de gladiadores. Esta despiadada e injusta persecución se prolongó hasta el año 67, dejando como resultado innumerables mártires que coronaron de gloria los inicios del cristianismo, cumpliéndose lo que bellamente expresó Tertuliano:

“La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.

29 de Junio: San Pedro y San Pablo, Apóstoles (S.I)

Cada 29 de junio, en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, recordamos a estos grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, hacemos una solemne confesión de fe en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica. Ante todo, es una fiesta de la catolicidad.

Pedro, el amigo frágil y apasionado de Jesús, es el hombre elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 16). Aceptó con humildad su misión hasta el final, hasta su muerte como mártir. Su tumba en la Basílica de San Pedro en el Vaticano es meta de millones de peregrinos que llegan de todo el mundo.

Pablo, el perseguidor de cristianos que se convirtió en Apóstol de los gentiles, es un modelo de ardoroso evangelizador para todos los católicos porque después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.

28 de Junio: San Ireneo, Obispo y Mártir (130 – 200)

Nació hacia el año 130 y fue educado en Esmirna. Fue discípulo de san Policarpo, quien a su vez había sido discípulo del apóstol San Juan. Siendo presbítero se trasladó a Lyon, Francia. La Iglesia en el siglo II estaba amenazada por los errores de los gnósticos (los miembros de este movimiento afirmaban la existencia de un tipo de conocimiento especial, superior al de los creyentes ordinarios y, en cierto sentido, superior a la misma fe, que conducía por sí mismo a la salvación). San Ireneo declaró con total veracidad tres puntos fundamentales: «Primero, la Tradición apostólica es pública y no privada; el contenido de la fe transmitida por la Iglesia es recibida de los Apóstoles de Cristo. Segundo, la tradición apostólica es única y, por ello, crea unidad a través de diversos pueblos y culturas. En tercer lugar y para finalizar, la Tradición apostólica es espiritual; no se trata de una transmisión confiada a los hombres, sino que es el Espíritu Santo quien garantiza la fidelidad de la transmisión de la fe.» Murió mártir, al parecer, alrededor del año 200.