10 de diciembre: Santa Eulalia de Barcelona (290 – 303)

Santa Eulalia es una de las santas más veneradas de España. Tenía tan sólo doce años cuando comenzó la persecución a los cristianos en el Imperio Romano (también bajo el nombre de “persecución diocleciana”). A esa edad Eulalia sentía un gran amor por Dios y un gran disgusto hacia las leyes paganas. Su madre sabía que la actitud fiel de su hija la pondría en peligro, por lo que la envió a las afueras de la ciudad para protegerla. Sin embargo, poco tiempo después, Eulalia logró escapar de su casa y se dirigió hacia la ciudad a defender el nombre de Dios. Una vez allí, la joven protestó contra las leyes romanas, que obligaban a todos los habitantes a rendir culto a los dioses paganos. El gobernador intentó hacerla cambiar de opinión, pero al ver que era inútil, la mandó azotar de la manera más cruel: rasgaron con garfios sus pechos y todo su cuerpo, le pegaron con varillas de hierro y sobre sus heridas colocaban antorchas encendidas. En el momento de su muerte, una paloma blanca salió de la boca de Eulalia y voló hacia el cielo. Una densa capa de nieve cubrió su cuerpo y días después fue enterrada. La joven mártir murió a la edad de doce años.

9 de diciembre: San Juan Diego Cuautlatoatzin (1474 – 1548)

Nació en 1474 en Cuautitlán, México. Trabajaba la tierra. En los años 1524-1525, él y su mujer se convirtieron al catolicismo y fueron bautizados (allí Juan Diego recibió éste nombre), por el franciscano Fray Toribio de Benavente. A Juan Diego le gustaba el silencio y hacía constantes caminatas de tres horas hasta Tenochtitlán para recibir instrucción religiosa. En una de ellas, en diciembre de 1531, recibió la primera aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. Relató las apariciones al obispo Zumárraga quien, por prudencia, se negó a creer, pero el día doce de aquel mes, un milagro le haría cambiar de opinión: Juan Diego le trajo su ayate lleno de rosas, lo extendió frente a él y, al caer las rosas, prodigiosamente apareció impresa en el tejido, la imagen de la Virgen Santísima. Desde entonces, el santo, acogiendo el encargo de la Virgen, trabajó en la construcción de una ermita a los pies del cerro del Tepeyac y en ella sirvió hasta su muerte, comunicando un gran amor a nuestra Señora. Fue canonizado por el Papa San Juan Pablo II.

8 de diciembre: LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

«Nos iluminan hoy la santidad y belleza de la Virgen, venerada en su Inmaculada Concepción. Esta verdad de fe, mientras expresa la singular condición de la Madre de Cristo, nos recuerda el designio universal de Dios, que «nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4). El Redentor restauró admirablemente el proyecto divino originario, lamentablemente dañado por el pecado, y María, la «llena de gracia» (Lc 1, 28), lo realizó de manera ejemplar.

Esta es la consoladora perspectiva que se ofrece a quien, como María, acoge a Cristo en su vida. A este propósito, en la carta que escribí para la preparación del jubileo recordé las palabras del Apóstol: «Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27; cf. Tertio millennio adveniente, 41). En el rito del bautismo, este misterio está simbolizado por la vestidura blanca, signo de la nueva dignidad de hijos adoptivos de Dios.

Amadísimos hermanos y hermanas, que esta contemplación de la Inmaculada, imagen de la santidad de la Iglesia, nos recuerde la gracia del santo bautismo y nos impulse a una constante renovación de vida.

A la Virgen santísima, «Tota Pulchra», toda hermosa, encomendemos nuestros propósitos. Que María nos obtenga la valentía para no rendirnos ante nuestra fragilidad, conscientes de que el amor de Dios es más grande que el pecado. El Señor, que en María «hizo maravillas» (cf. Lc 1, 49), también hará maravillas en cuantos acogen sinceramente su invitación a la conversión y al amor.»

(Ángelus, S. Juan Pablo II, diciembre 8 de 1996)

7 de diciembre: San Ambrosio (340 – 397)

Nació en Alemania el año 340. Su padre murió cuando era pequeño, y su madre lo llevó a Roma para educarle. Ambrosio se dedicó a la abogacía y a sus 30 años era ya gobernador del norte de Italia. Amado por su pueblo, ejercía el poder más como un obispo que como un funcionario público. Al morir el arzobispo de Milán, el pueblo se dividió en dos bandos para elegir al sucesor. Ambrosio intervino para evitar la querella, y el resultado fue sorprendente: Ambrosio fue consagrado arzobispo, a pesar de no ser sacerdote aún. Desde este momento, el santo comienza a formarse para ser un excelente obispo. Como pastor, influyó en la conversión de muchos, entre ellos san Agustín, que más que asombrarse por sus bellos sermones, se sintió profundamente tocado por el testimonio de este santo obispo y de su iglesia milanesa, que oraba y cantaba, compacta como un solo cuerpo. Ambrosio se oponía a las injusticias de los gobernadores, hasta el punto de encerrarse con sus fieles en una iglesia, para evitar que el templo cayera en manos de herejes. Compuso himnos religiosos y pacificó muchas enemistades. El gobierno pedía sus servicios para lograr la paz en el país y zanjar conflictos. San Ambrosio murió en el año 397, en el amanecer del Sábado Santo.

6 de diciembre: San Nicolás de Bari (270 – 343)

De familia rica, Nicolás compartía sus bienes con los pobres, y antes de ingresar en el monasterio repartió cuanto tenía, pues decía: “Sería pecado no repartir, ya que Dios nos ha dado tanto”. Cierto día, volviendo de un viaje a Tierra Santa, llegó a la ciudad de Myra, (Turquía), los sacerdotes discutían quién sería el nuevo obispo. Se decidió que el próximo sacerdote en entrar al templo sería el elegido. Nicolás entró sin saber lo que ocurría y fue elegido. Durante la persecución de Diocleciano, el santo prelado fue encerrado por su fidelidad a la Iglesia Católica, aunque fue luego liberado por Constantino cuando subió al trono. Murió el 6 de diciembre del año 343 en Myra, pero sus restos descansan en la ciudad de Bari, a donde los trasladaron después de que fueran sacados de Turquía. Después de su muerte se convirtió en el primer santo, no mártir, en gozar de una especial devoción en Oriente y Occidente.

 

5 de diciembre: Santa Crispina Tagorense

También conocida como Cristina di Tagora. Nació en Numidia (actualmente Argelia). Vivió entre el siglo III y el IV, en tiempos del emperador Diocleciano. Era madre de familia numerosa y acaudalada, y su virtud era conocida por todos. Pese a su débil salud, la fuerza que brotaba de su alma ayudó a que no pocos acudieran a ella en busca de su consejo. Su paz terminó cuando estalló la persecución que inició Diocleciano. Santa Crispina sería una de sus primeras víctimas. Al no querer abrazar las creencias paganas del imperio, el procónsul Anolino ordenó que fuera torturada hasta la extenuación, culminando con su decapitación, el año 304. Son pocos los documentos que se conservan sobre ella, pero se dice que sus últimas palabras fueron: “Gloria a Dios, que puso en mí su mirada y me liberó de vuestras manos”.

4 de Diciembre: San Juan Damasceno

Nació en Damasco (Siria). A pesar de su formación teológica, eligió la carrera de su padre: jefe de recaudación de impuestos. En la corte llevaba libremente una vida cristiana y se hizo notable por sus virtudes y especialmente su humildad. Renunció a su oficio y se hizo monje en la “laura” de San Sabas, donde escribió obras contra los iconoclastas, compuso himnos y poemas, llegando a ser uno de los grandes poetas de la Iglesia oriental. Vivió bajo el gobierno de un califa, extraño caso de un Padre de la Iglesia cristiana, protegido de las venganzas del emperador, cuyas herejías podía atacar impunemente al vivir bajo un gobierno musulmán. Como escritor teológico y filosófico, su trabajo se redujo a compilar y poner en orden lo que sus predecesores habían escrito. Fue uno de los grandes defensores del culto de las sagradas imágenes en la época de la controversia iconoclasta, «distinguiendo, en el culto público y privado de los cristianos, entre la adoración y la veneración: la primera sólo puede dirigirse a Dios, sumamente espiritual; la segunda, en cambio, puede utilizar una imagen para dirigirse a aquel que es representado en esa imagen.»   S.S Emérito Benedicto XVI.

El resto de su vida la pasó escribiendo teología y poesía en San Sabas, donde murió a edad avanzada. 

 

3 de Diciembre: San Francisco Javier (1506 – 1552)

Nació en el Castillo de Javier (Navarra-España) en el año 1506. Fue enviado a estudiar a la Universidad de París, allí se encontró con San Ignacio de Loyola. La amistad surgida entre ambos, lo transformó totalmente. Francisco fue uno de los siete primeros religiosos con los cuales San Ignacio fundó la Compañía de Jesús. Fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1537, comenzando la etapa más importante de su vida: la de misionero. Enviado por el papa, fue pionero en su Orden en misionar India, Indostán, Japón y otras naciones, recorriéndolas a pie, con su libro de oraciones como único equipaje. Enseñaba, atendía enfermos y los curaba. Aprendió idiomas nuevos y bautizó a millares de personas. Por las noches, llegaba junto al altar y de rodillas, rogaba a Dios por la salvación de esas almas que le había encomendado. Si el sueño lo rendía, se acostaba un rato en el suelo junto al sagrario, y, después de dormir unas horas, seguía su oración. Su gran anhelo era poder misionar y convertir China, pero allí estaba prohibida la entrada a los blancos de Europa. Al fin consiguió que el capitán de un barco lo llevara a la isla desierta de San Cian, pero le dejaron en aquel lugar abandonado y enfermó. Murió el 3 de diciembre de 1552, pronunciando el nombre de Jesús. Tenía sólo 46 años.

2 de Diciembre: San Cromacio de Aquileya (345-407)

Nació en Aquileya (Imperio Romano) hacia el año 345. Fue ordenado presbítero y en el año 388 fue elegido obispo de aquella Iglesia. Tras recibir la consagración episcopal de manos de san Ambrosio, se dedicó con valentía y energía a la ingente tarea de la evangelización del territorio encomendado a su solicitud pastoral. Es reconocido por su gran fidelidad al Evangelio durante las persecuciones de Decio, Valeriano y Diocleciano y, al igual que las demás Iglesias de la época, afrontó la amenaza de la herejía arriana. San Cromacio fue un sabio maestro y celoso pastor. Su primer y principal compromiso fue el de ponerse a la escucha de la Palabra para poder convertirse en su heraldo:  en su enseñanza siempre toma como punto de partida la Palabra de Dios y a ella regresa siempre. Era conocido por santos como S. Agustín, S. Ambrosio, S. Jerónimo y S. Juan Crisóstomo. Entre sus escritos destacan más de cuarenta sermones y sesenta tratados de comentario del evangelio de san Mateo. Con suma probabilidad murió en el exilio, en Grado, mientras trataba de escapar de los saqueos de los bárbaros, en el año 407.

1 de Diciembre: Santos Edmundo Campion, Rodolfo Sherwin y Alejandro Briant (s. XVI)

Originarios de Londres, estos tres santos presbíteros fueron mártires durante el reinado y persecución de Isabel I, siendo notable su fortaleza en defensa de su fe y de la primacía del Papa. San Edmundo, desde joven había profesado la fe católica. Después de ser admitido en Roma en la Compañía de Jesús y ordenado sacerdote en Praga, regresó a su patria, donde de palabra y por escrito, fortaleció en gran manera las almas de los fieles, en razón de lo cual, después de muchos tormentos, fue ajusticiado en el patíbulo de Tyburn en 1581. Los mismos suplicios sufrieron con él san Rodolfo y san Alejandro, éste último, admitido con mérito en la Orden Jesuita, cuando estaba ya en la cárcel. Fueron canonizados por el beato Papa Pablo VI junto con los «Cuarenta Mártires de Inglaterra y Gales».