30 de diciembre: Santa Judith

Su historia es narrada en el libro del Antiguo Testamento que lleva su nombre. Procedente de la tribu de Simeón, Judith, siendo una joven viuda, de carácter piadoso e intachable, intervino, inspirada por Dios, en la salvación de su pueblo de la invasión asiria: Adentrándose en el campamento enemigo asegurando una genuina estrategia, conquistó por su hermosura el corazón del general Holofernes, a quien finalmente decapitó al finalizar un banquete del que había resultado embriagado en exceso.

Vuelta a su pueblo, todos alabaron a Dios, reconociendo que había guiado la mano de su sierva contra sus enemigos, y después de bendecirla, dijéronle: Jamás tu confianza faltará en el corazón de los hombres que recordarán la fuerza de Dios eternamente.” (Jdt 13). Murió a los 105 años en Betulia, y fue sepultada en la caverna de su marido. Los padres de la Iglesia ven en ella figurada a la Virgen María, que aplasta la cabeza del enemigo de nuestras almas, el diablo.

29 de diciembre: Beato Gerardo Cágnoli de Valenza (1270-1345)

Nació hacia el año 1270. Al morir su madre, se dedicó a vivir como peregrino, mendigando el pan y visitando santuarios. En 1307 ingresó en el noviciado de los Hermanos Menores de Randazzo. Después pasó a Palermo, donde vivió como portero hasta su muerte, siendo admirado por su sencillez y virtud. Junto a la puerta del convento plantó un ciprés y arregló un pequeño altar en honor de la Virgen y de San Luis de Anjou. Con una ramita del ciprés, bañada en aceite de la lámpara que tenía en el altar, bendecía a los enfermos, y muchos de ellos salían sanos, otros mejorados, o consolados con su palabra. Era muy penitente y dormía pocas horas, sobre una desnuda tabla; permanecía en continua oración e íntima unión con Dios. En la fiesta de san Juan Evangelista se le apareció la Santísima Virgen María, comunicándole que en dos días volaría al cielo. Así, el 29 de Diciembre de 1345, después de recibir el santo viático, se durmió en el Señor.

28 de diciembre: Los santos Inocentes, mártires (s. I)

San Mateo narra que, al darse cuenta Herodes de que había sido burlado por los Magos, montó en cólera y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en toda la comarca, de dos años para abajo, conforme al tiempo que había averiguado de los Magos. Así se cumplió lo que había predicho Jeremías: “Un clamor se oye en Ramá, un llanto y lamento grande; es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen.”

La Iglesia venera a esos niños como mártires, ya que constituyen los primeros brotes de la Iglesia muertos por persecución; como dice San Agustín en uno de sus sermones: “no sólo murieron por Cristo, sino en su lugar”. Es imposible establecer el día o el año de la muerte de los Santos Inocentes. Su fiesta se celebra en la octava de Navidad ya que fueron ellos los primeros que tuvieron la dicha de dar su vida por el Divino Salvador.

27 de diciembre: San Juan Evangelista

Nació en Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, pertenecientes a una familia de pescadores. Un día en que junto a su hermano se encontraban arreglando las redes, Jesús fijó su mirada en ellos y los llamó a ser pescadores de hombres; ellos, dejando al instante la barca y a su padre, lo siguieron. El día de la Transfiguración del Señor se hallaba en su compañía. Recostó su cabeza en el pecho del Divino Maestro en la última cena, y presenció su agonía en el Huerto de los Olivos. Fue instruido de cerca por Jesús, dejándose hacer por Él, acogiendo con amor incluso las correcciones, como leemos en la Sagrada Escritura. Nuestro Señor al pie de la Cruz, le entregó (y en él a todos nosotros), su más preciso don: a María Santísima, como Madre suya. Escribió tres Cartas, el Apocalipsis y el Evangelio que lleva su nombre. La tradición afirma que murió hacia el año cien, a los 94 años de edad.

26 de diciembre: San Esteban, protomártir (34 d.C)

Después de la muerte del Señor, sus discípulos anunciaban la Buena Nueva de la Salvación. Sin embargo, fue necesario que se escogiesen de entre los fieles a siete varones virtuosos, -llamados diáconos-, que se encargaran de la distribución de ayuda a los necesitados; entre ellos fue elegido Esteban, quien, además de servir de todo corazón, recibió el don de la Palabra, reflejando que el Espíritu Santo se hallaba en él y su comunión con Cristo. Esto era, para los adversarios del cristianismo naciente, motivo de gran repulsa. En razón de ello, sus enemigos, hastiados de escuchar la Verdad que fluía de sus labios, le apresaron y, echándole fuera de Jerusalén (como a su Divino Maestro), le apedrearon hasta morir. Pero antes de entrar en la gloria prometida, le fue concedido contemplar el cielo abierto y el resplandor de la Santísima Trinidad, en cuyo seno descansa eternamente, después de suplicar a Dios el perdón para sus agresores. Por ser el primer mártir, se le atribuye el apelativo de “protomártir”.

25 de diciembre: Natividad del Señor

En esta Noche Santa, Noche Buena, termina la espera del Adviento donde insistíamos: “¡Ven Señor Jesús!”. Nuestro Señor nace de nuestra Madre Santísima, pero siempre debemos mantenernos en vela, deseando que Él permanezca en nuestros corazones.

Si entendemos bien lo que es la Navidad, nos daremos cuenta que ésta no consiste en un simple cambio o modificación exterior de las cosas, sino que desde adentro acontece algo: Dios eterno entra en el tiempo, para que el hombre, que vive en el tiempo, sea renovado en lo profundo de su ser.

No basta con que el Niño Dios haya nacido en un pesebre en las afueras de Belén, sino que quiere nacer dentro, en el corazón de aquel que le abre la puerta, porque Él está tocando y llama, si le abrimos entrará y comerá con nosotros, aún más Él es el alimento en esa comida.

La Navidad, por tanto, es Eucaristía. Dios viene a nuestro encuentro pequeño y frágil, se nos entrega para que, al recibirlo nazcamos y crezcamos para el cielo.

Recibe a Jesús en esta NAVIDAD, y no lo dejes solo por atender tanto a las cosas, mejor atiéndelo a Él y todas las cosas tendrán sentido.

24 de diciembre: Santa Paula Isabel Cerioli (1816 – 1865)

Paula Isabel Cerioli nació en Cremona, Italia. Provenía de una familia noble y reconocida. A los 19 años, Paula contraería matrimonio con Gaetano Buzzecchi, de 58 años de edad. El casamiento había sido arreglado por sus padres y ella lo aceptó como Voluntad de Dios. La relación entre ambos fue difícil: su marido era una persona enferma y sin fe, sin embargo, Paula se mantuvo generosa y dócil. La pareja tuvo cuatro hijos, tres de los cuales murieron poco después de nacer y el cuarto vivió hasta los dieciséis años, lo cual significó para la santa una gran prueba, que aceptó con amor.

Su hijo Carlo antes de morir le dijo: “Mamá, no llores por mi próxima muerte, porque Dios te dará otros muchos hijos”. Estas palabras se cumplirían, pero de una manera sólo conocida por Dios. Paula queda viuda a sus 38 años. Comprendió entonces que su maternidad, más allá de lo físico, sería espiritual, para con los necesitados y enfermos, especialmente los niños abandonados.

La santa abrió su palacio a los niños más pobres y huérfanos. El patrimonio que le había dejado su esposo serviría para fundar la Congregación de las Religiosas de la Sagrada Familia cuyos principios serían: Humildad, sencillez e imitación a la Sagrada Familia de Nazaret. Santa Paula murió en 1865 a los 49 años.

23 de diciembre: Beato Nicolás Factor (1520-1583)

Nació en Valencia (España) en 1520. Le apasionaban las bellas artes, por lo que estudió música y pintura. A los 17 años ingresó como franciscano y fue ordenado sacerdote en 1544.  Fue maestro de novicios, lo que generaba conflicto entre su voto de obediencia y su humildad. Caminaba descalzo, le bastaba una túnica para vestir, y como almohada usaba un trozo de leña o piedra. Vivía continuos éxtasis en su oración, y la prudencia y santidad que de Dios había recibido, se manifestaba en todo su obrar. Anunciaba el reino de Dios, confesaba a religiosas y era el primero en el servicio al prójimo; ayudaba siempre a los pobres y enfermos, a quienes besaba las heridas, pues en ellos veía a Cristo dolorido. Los ideales de su vida: Amor a la Santa Madre Iglesia y al Hijo de Dios humanado. El 23 de diciembre de 1583, fortalecido con los sacramentos y puestos los ojos en el crucifijo, murió pronunciando estas palabras: «Jesús, creo».

22 de diciembre: Santa Francisca Javiera Cabrini (1850 – 1917)

Italiana y la menor de trece hermanos. Desde pequeña, deseaba ser misionera y a sus muñecas las vestía de religiosas y hacía barcos de papel para los misioneros. Se formó como maestra y su mayor virtud era la piedad. Solicitó ingresar como religiosa en dos congregaciones, pero fue rechazada, por su delicada salud. En 1847 es invitada por Monseñor Serrati a apoyar un orfanato y fundar una Congregación religiosa; así nacieron las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón, inspirada en san Francisco de Javier. Tiempo después, el obispo le encomendó iniciar un instituto misionero femenino. A pesar de muchos obstáculos, la fundación fue creciendo y obtuvo la aprobación papal. Su mayor actividad se dio en Estados Unidos, donde fundó escuelas, hospitales, orfanatos y casas de acogida a inmigrantes; entre otras instituciones. Enfermó y murió el 22 de diciembre de 1917.

21 de diciembre: San Pedro Canisio (1521 – 1597)

Nació en Holanda en 1521. Su padre era alcalde, y su madrastra lo educó en el temor de Dios. Estudiante disciplinado, a sus 19 años era ya licenciado en teología y se hallaba estudiando Derecho Civil. Descubre su vocación y, acogiendo la llamada de Dios, reparte la mitad de sus bienes a los pobres y la otra mitad la donó para obras sociales de su comunidad. Hace voto de castidad y es admitido en la Compañía de Jesús. Ordenado sacerdote, el padre Pedro fue un gran predicador y defensor de la Iglesia contra los protestantes, que tenían gran influencia en toda Alemania. Presentaba de forma sencilla al pueblo, las enseñanzas de grandes teólogos. Por sus cualidades, fue dejado a cargo del apostolado, comenzando una misión imparable: predicando, enseñando catecismo y defendiendo la religión con caridad y amabilidad. En su labor misionera, recorrió Alemania, Austria, Holanda e Italia. Si le pedían que descansara, respondía: “Descansaremos en el cielo”. Murió en 1597.