14 de diciembre: San Juan de la Cruz (1542 -1591)

Nació en Ávila, España, en 1542, en una familia adinerada. Al morir su padre, Juan vivió una niñez marcada por la pobreza junto a su familia. A los 21 años tomó el hábito en el convento de los Carmelitas de Medina del Campo. Conoció a Teresa de Ávila, quien recientemente había iniciado la reforma de su Orden (las religiosas que se adhirieron a dicha observancia más estrecha fueron llamadas Carmelitas Descalzas), con el fin de restaurar los valores originales del Carmelo. Juan fue un gran apoyo y el primer miembro de Carmelitas Descalzos, labor que le traería abundantes sufrimientos a lo largo de su vida: La rivalidad entre su antigua comunidad y los Descalzos, causó que le encerraran durante meses en una estrecha celda donde pasó grandes tribulaciones. La gracia de Dios y la ayuda de la Virgen permitieron que san Juan escapara, retomando así su actividad religiosa. Escribió varios libros sobre espiritualidad, en los que comunica la llama de Amor divino que ardía en su corazón y su ascenso al Monte Sagrado por el camino de la noche oscura. Murió en 1591 después de tres meses de enfermedad y sufrimientos.

13 de diciembre: Santa Lucía, virgen y mártir (283 – 304)

Su nombre significa “luminosa” “llena de luz”, razón por la que se representa con una lámpara en la mano, significando también su constancia como virgen prudente. Nació en Siracusa (Italia), en el seno de una familia acaudalada. Desde niña hizo voto de castidad, consagrándose a Dios. Sin embargo, su madre quería que se casara con un joven pagano. Su madre cayó enferma, y Lucía le sugirió ir en peregrinación a la tumba de santa Águeda: si sanaba, autorizaría a la joven para romper el compromiso; y así sucedió. El pretendiente, para vengarse, la acusó ante el gobernador de ser cristiana, religión prohibida y perseguida por el emperador Diocleciano. El gobernador mandó torturarla y amenazó con enviarla a un prostíbulo, pero cuando intentaron llevarla a la fuerza, permaneció inmóvil sin que pudiesen arrastrarla por más que lo intentaron. Después de torturarla, finalmente le decapitaron. Es patrona de las modistas, de los ciegos, de los oculistas y de los fotógrafos.

 

12 de diciembre: Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América Latina

Nuestra Señora se apareció en el cerro del Tepeyac (México), el año 1531 a san Juan Diego, al que pidió, relatara al obispo de México la visión y construyera una ermita a los pies del cerro para venerar a Jesucristo nuestro Señor. El prelado no creyó al indígena, lo cual causó que éste volviera dos veces más a pedir consejo y consuelo a la Virgen. Ella le anunció que el siguiente lunes le daría una señal que atestiguase su veracidad. En la cuarta aparición, la Virgen le pidió que recogiese rosas de Castilla en el monte y las llevara al obispo, que, sorprendido, recibió el recado, ya que no crecían rosas tan hermosas en invierno. La sorpresa fue mayor al ver plasmada milagrosamente la imagen de Nuestra Señora en la tilma que Juan Diego había utilizado para llevarlas. El obispo llevó la imagen a la Iglesia Mayor y edificó una ermita en el lugar señalado por San Juan Diego. Después fue construida una basílica para acoger a los miles de devotos que acuden a implorar su favor y agradecer su intercesión.

 

11 de diciembre: San Dámaso, Papa y mártir (305-384)

De familia española, nació en Roma. Redactó y grabó epitafios de muchos mártires en las catacumbas de Roma. Fue secretario de los Pontífices san Liberio y san Félix. Al ser elegido Papa, en el año 366, tuvo que sofocar una sangrienta rebelión levantada contra él en Roma. Tuvo como secretario a san Jerónimo, a quien encargó traducir la S. Biblia al idioma popular, conocida como “La Vulgata”, empleada por la Iglesia durante cerca de quince siglos. La tradición dice que fue quien introdujo la oración: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era…” Se preocupó por conseguir que todos los obispos reconocieran al Sumo Pontífice de Roma como cabeza de la Iglesia. Murió el 11 de diciembre del año 384 a sus 80 años. Fue sepultado en la tumba que él mismo se había preparado humildemente, alejada de los santos famosos de Roma. Sobre su sepulcro fue construida la basílica que lleva su nombre. 

10 de diciembre: Santa Eulalia de Barcelona (290 – 303)

Santa Eulalia es una de las santas más veneradas de España. Tenía tan sólo doce años cuando comenzó la persecución a los cristianos en el Imperio Romano (también bajo el nombre de “persecución diocleciana”). A esa edad Eulalia sentía un gran amor por Dios y un gran disgusto hacia las leyes paganas. Su madre sabía que la actitud fiel de su hija la pondría en peligro, por lo que la envió a las afueras de la ciudad para protegerla. Sin embargo, poco tiempo después, Eulalia logró escapar de su casa y se dirigió hacia la ciudad a defender el nombre de Dios. Una vez allí, la joven protestó contra las leyes romanas, que obligaban a todos los habitantes a rendir culto a los dioses paganos. El gobernador intentó hacerla cambiar de opinión, pero al ver que era inútil, la mandó azotar de la manera más cruel: rasgaron con garfios sus pechos y todo su cuerpo, le pegaron con varillas de hierro y sobre sus heridas colocaban antorchas encendidas. En el momento de su muerte, una paloma blanca salió de la boca de Eulalia y voló hacia el cielo. Una densa capa de nieve cubrió su cuerpo y días después fue enterrada. La joven mártir murió a la edad de doce años.

9 de diciembre: San Juan Diego Cuautlatoatzin (1474 – 1548)

Nació en 1474 en Cuautitlán, México. Trabajaba la tierra. En los años 1524-1525, él y su mujer se convirtieron al catolicismo y fueron bautizados (allí Juan Diego recibió éste nombre), por el franciscano Fray Toribio de Benavente. A Juan Diego le gustaba el silencio y hacía constantes caminatas de tres horas hasta Tenochtitlán para recibir instrucción religiosa. En una de ellas, en diciembre de 1531, recibió la primera aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. Relató las apariciones al obispo Zumárraga quien, por prudencia, se negó a creer, pero el día doce de aquel mes, un milagro le haría cambiar de opinión: Juan Diego le trajo su ayate lleno de rosas, lo extendió frente a él y, al caer las rosas, prodigiosamente apareció impresa en el tejido, la imagen de la Virgen Santísima. Desde entonces, el santo, acogiendo el encargo de la Virgen, trabajó en la construcción de una ermita a los pies del cerro del Tepeyac y en ella sirvió hasta su muerte, comunicando un gran amor a nuestra Señora. Fue canonizado por el Papa San Juan Pablo II.

8 de diciembre: LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

«Nos iluminan hoy la santidad y belleza de la Virgen, venerada en su Inmaculada Concepción. Esta verdad de fe, mientras expresa la singular condición de la Madre de Cristo, nos recuerda el designio universal de Dios, que «nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4). El Redentor restauró admirablemente el proyecto divino originario, lamentablemente dañado por el pecado, y María, la «llena de gracia» (Lc 1, 28), lo realizó de manera ejemplar.

Esta es la consoladora perspectiva que se ofrece a quien, como María, acoge a Cristo en su vida. A este propósito, en la carta que escribí para la preparación del jubileo recordé las palabras del Apóstol: «Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27; cf. Tertio millennio adveniente, 41). En el rito del bautismo, este misterio está simbolizado por la vestidura blanca, signo de la nueva dignidad de hijos adoptivos de Dios.

Amadísimos hermanos y hermanas, que esta contemplación de la Inmaculada, imagen de la santidad de la Iglesia, nos recuerde la gracia del santo bautismo y nos impulse a una constante renovación de vida.

A la Virgen santísima, «Tota Pulchra», toda hermosa, encomendemos nuestros propósitos. Que María nos obtenga la valentía para no rendirnos ante nuestra fragilidad, conscientes de que el amor de Dios es más grande que el pecado. El Señor, que en María «hizo maravillas» (cf. Lc 1, 49), también hará maravillas en cuantos acogen sinceramente su invitación a la conversión y al amor.»

(Ángelus, S. Juan Pablo II, diciembre 8 de 1996)

7 de diciembre: San Ambrosio (340 – 397)

Nació en Alemania el año 340. Su padre murió cuando era pequeño, y su madre lo llevó a Roma para educarle. Ambrosio se dedicó a la abogacía y a sus 30 años era ya gobernador del norte de Italia. Amado por su pueblo, ejercía el poder más como un obispo que como un funcionario público. Al morir el arzobispo de Milán, el pueblo se dividió en dos bandos para elegir al sucesor. Ambrosio intervino para evitar la querella, y el resultado fue sorprendente: Ambrosio fue consagrado arzobispo, a pesar de no ser sacerdote aún. Desde este momento, el santo comienza a formarse para ser un excelente obispo. Como pastor, influyó en la conversión de muchos, entre ellos san Agustín, que más que asombrarse por sus bellos sermones, se sintió profundamente tocado por el testimonio de este santo obispo y de su iglesia milanesa, que oraba y cantaba, compacta como un solo cuerpo. Ambrosio se oponía a las injusticias de los gobernadores, hasta el punto de encerrarse con sus fieles en una iglesia, para evitar que el templo cayera en manos de herejes. Compuso himnos religiosos y pacificó muchas enemistades. El gobierno pedía sus servicios para lograr la paz en el país y zanjar conflictos. San Ambrosio murió en el año 397, en el amanecer del Sábado Santo.

6 de diciembre: San Nicolás de Bari (270 – 343)

De familia rica, Nicolás compartía sus bienes con los pobres, y antes de ingresar en el monasterio repartió cuanto tenía, pues decía: “Sería pecado no repartir, ya que Dios nos ha dado tanto”. Cierto día, volviendo de un viaje a Tierra Santa, llegó a la ciudad de Myra, (Turquía), los sacerdotes discutían quién sería el nuevo obispo. Se decidió que el próximo sacerdote en entrar al templo sería el elegido. Nicolás entró sin saber lo que ocurría y fue elegido. Durante la persecución de Diocleciano, el santo prelado fue encerrado por su fidelidad a la Iglesia Católica, aunque fue luego liberado por Constantino cuando subió al trono. Murió el 6 de diciembre del año 343 en Myra, pero sus restos descansan en la ciudad de Bari, a donde los trasladaron después de que fueran sacados de Turquía. Después de su muerte se convirtió en el primer santo, no mártir, en gozar de una especial devoción en Oriente y Occidente.

5 de diciembre: Santa Crispina Tagorense

También conocida como Cristina di Tagora. Nació en Numidia (actualmente Argelia). Vivió entre el siglo III y el IV, en tiempos del emperador Diocleciano. Era madre de familia numerosa y acaudalada, y su virtud era conocida por todos. Pese a su débil salud, la fuerza que brotaba de su alma ayudó a que no pocos acudieran a ella en busca de su consejo. Su paz terminó cuando estalló la persecución que inició Diocleciano. Santa Crispina sería una de sus primeras víctimas. Al no querer abrazar las creencias paganas del imperio, el procónsul Anolino ordenó que fuera torturada hasta la extenuación, culminando con su decapitación, el año 304. Son pocos los documentos que se conservan sobre ella, pero se dice que sus últimas palabras fueron: “Gloria a Dios, que puso en mí su mirada y me liberó de vuestras manos”.