8 de diciembre: LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

«Nos iluminan hoy la santidad y belleza de la Virgen, venerada en su Inmaculada Concepción. Esta verdad de fe, mientras expresa la singular condición de la Madre de Cristo, nos recuerda el designio universal de Dios, que «nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4). El Redentor restauró admirablemente el proyecto divino originario, lamentablemente dañado por el pecado, y María, la «llena de gracia» (Lc 1, 28), lo realizó de manera ejemplar.

Esta es la consoladora perspectiva que se ofrece a quien, como María, acoge a Cristo en su vida. A este propósito, en la carta que escribí para la preparación del jubileo recordé las palabras del Apóstol: «Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27; cf. Tertio millennio adveniente, 41). En el rito del bautismo, este misterio está simbolizado por la vestidura blanca, signo de la nueva dignidad de hijos adoptivos de Dios.

Amadísimos hermanos y hermanas, que esta contemplación de la Inmaculada, imagen de la santidad de la Iglesia, nos recuerde la gracia del santo bautismo y nos impulse a una constante renovación de vida.

A la Virgen santísima, «Tota Pulchra», toda hermosa, encomendemos nuestros propósitos. Que María nos obtenga la valentía para no rendirnos ante nuestra fragilidad, conscientes de que el amor de Dios es más grande que el pecado. El Señor, que en María «hizo maravillas» (cf. Lc 1, 49), también hará maravillas en cuantos acogen sinceramente su invitación a la conversión y al amor.»

(Ángelus, S. Juan Pablo II, diciembre 8 de 1996)