7 de Febrero: Beato Pío IX (1792-1878)

Nació en Senigallia (Italia) el 13 de Mayo de 1792, y fue bautizado aquel mismo día con el nombre de Giovanni Maria. Le distinguía ya una gran virtud; al finalizar un retiro espiritual se propuso: Luchar contra el pecado, evitar cualquier ocasión peligrosa, estudiar “no por ambición de saber” sino para el bien de los demás; y abandonarse a sí mismo en las manos de Dios. Hallábase estudiando en Roma, cuando experimentó el llamado al sacerdocio, no obstante, una enfermedad similar a la epilepsia detuvo sus planes. Mas el Señor, por medio de san Vicente Pallotti le anunció que sería Papa, y la Virgen de Loreto le concedió gradualmente la salud necesaria para reanudar sus estudios, siendo ordenado sacerdote en 1819. A sus 35 años fue consagrado arzobispo de Espoleto, más tarde le nombraron obispo de Imola, y a sus 54 años Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.

De él dijo san Juan Pablo II, en la Homilía de beatificación: «En medio de los acontecimientos turbulentos de su tiempo, fue ejemplo de adhesión incondicional al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel a los compromisos de su ministerio en todas las circunstancias, supo atribuir siempre el primado absoluto a Dios y a los valores espirituales. Su larguísimo pontificado no fue fácil, y tuvo que sufrir mucho para cumplir su misión al servicio del Evangelio. Fue muy amado, pero también odiado y calumniado. Sin embargo, precisamente en medio de esos contrastes resplandeció con mayor intensidad la luz de sus virtudes:  las prolongadas tribulaciones templaron su confianza en la divina Providencia, de cuyo soberano dominio sobre los acontecimientos humanos jamás dudó. De ella nacía la profunda serenidad de Pío IX, aun en medio de las incomprensiones y los ataques de muchas personas hostiles. A quienes lo rodeaban, solía decirles: “En las cosas humanas es necesario contentarse con actuar lo mejor posible; en todo lo demás hay que abandonarse a la Providencia, la cual suplirá los defectos y las insuficiencias del hombre”. Sostenido por esa convicción interior, convocó el concilio ecuménico Vaticano I, que aclaró con autoridad magistral algunas cuestiones entonces debatidas, confirmando la armonía entre fe y razón. En los momentos de prueba, Pío IX encontró apoyo en María, de la que era muy devoto. Al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana resplandece en la Virgen la luz de Cristo, más fuerte que el pecado y la muerte.»

Murió el 7 de febrero de 1878.